Lady Gaga se quita la máscara

por La voz del pueblo

TOM C. AVENDAÑO

Ha estado fuera de juego por una lesión. Pero nada puede con ella. Recupera su trono de la artista más poderosa y rica y se presenta con una imagen insólita: a cara descubierta

Habían pasado dos días desde aquel 26 de junio en el que el Tribunal Supremo de EE UU decidió que los matrimonios del mismo sexo podían gozar de los mismos derechos sociales que el resto de uniones del país cuando reapareció Lady Gaga. Llevaba meses de baja y ausencia tras sufrir una fractura de cadera en marzo. Se sabía que esa muchachita rubia de 27 años que se subió al escenario para inaugurar el Orgullo Gay de Nueva York era Lady Gaga porque antes de cantar ejecutó una solemne alocución para recordar que ella siempre había estado a favor de la igualdad de los gais. Un discurso que lleva repitiendo desde que, hace cuatro años, irrumpió en lo más alto del pop convertida en un elefantiásico fenómeno musical y social de inusual duración en estos tiempos de celebridad exprés.


Génesis Seguros (P)

Nadie hubiera dicho que era Lady Gaga, sin embargo, a juzgar por su apariencia: la reina del artificio y la extravagancia, la mujer que acostumbraba a plantarse en público bajo un traje de burbujas de PVC o un sombrero parabólico con forma de langosta, lucía perfectamente discreta, prácticamente au naturel con un simple vestido negro. En lugar de su Born this way, “el himno gay que enterrará a todos los himnos gais”, como decretó en su momento Elton John, que parecía expresamente escrito para una ocasión tan histórica como esa noche en Manhattan, Gaga entonó el himno nacional estadounidense.

De la miríada de motivos aleatorios que se pueden esgrimir para justificar semejante selección musical para tal cita hay uno llamativamente problemático: ¿qué relevancia conserva Lady Gaga dos años después de sacar su segundo disco? “Born this way se usó menos para luchar por el matrimonio igualitario que para plantarle cara al Don’t ask don’t tell [la ley que discriminaba a los homosexuales en el Ejército y que Obama revocó a finales de 2011]”, recuerda el británico John Street, profesor de Política de la Universidad de Anglia del Este y autor del libro Política y cultura pop. “Es normal que ahora, que la sociedad ha evolucionado tanto, la imagen y la música de esta cantante no se asocien al matrimonio gay”. El problema llega, como siempre con esta estrella warholiana, cuando otra persona formula una contrarréplica igual de elocuente. “La brillantez de Born this way es cómo celebra simultáneamente la diferencia y la apertura de miras. Está hecha para preparar a su generación para estos cambios sociales, no para simbolizarlos”, defiende Thomas Vernon Reed, profesor de Movimientos Sociales en la Universidad de Washington y autor de El arte de la denuncia: la cultura y el activismo.

No es mal ejemplo para ilustrar la complicada relación de Lady Gaga —Stefani Germanotta, en sus documentos legales— con la actualidad. La artista lanzará el 19 de agosto el primer single de su nuevo disco, ARTPOP, y lo presentará en vivo en los premios MTV el 25 de agosto. Prepara la artillería para la salida de su nuevo álbum (el 11 de noviembre) con la conciencia de que en los dos últimos años se ha dedicado más a ejercer de figura pública contra el acoso escolar y a favor de la causa gay y la legalización de la marihuana que a redimensionar su faceta musical. Acumula 23 millones de copias vendidas de sus dos discos y, a pesar de su reciente operación de cadera, Forbes acaba de coronarla de nuevo —el año pasado fue desbancada por Taylor Swift— como la celebridad menor de 30 años mejor pagada, con unos ingresos anuales de 80 millones de dólares.

Aun así, su influencia como personaje parece haberse quedado en los tiempos de Born this way. “Está en un punto crítico de su carrera”, alerta el escritor y exdirector de la revista Popstar Matthew Rettenmund. “Necesita una serie de éxitos para recordar a los adolescentes que es algo más que un delirio artístico con ideología”.

Es posible que su nuevo trabajo discográfico no equilibre la balanza entre la Gaga música y la Gaga política, sino que cree una nueva iteración de la misma persona. Iniciaba la escalada mediática esta semana con una sonadísima portada en la revista Ven la que aparece desnuda y sin maquillar, en fino contrapunto con sus delirios estilísticos del pasado. El miércoles publicó además otra fotografía de sí misma sin maquillaje, esta vez en su página web. “Da miedo mirar lo que hay bajo la superficie”, glosó, a modo de eslogan. “Todo lo que he visto ha sido pasión”. Esta perfecta continuación del aspecto minimalista que lució en su reaparición desde un estrado en el Orgullo Gay de Nueva York tiene todos los visos de una nueva imagen para una nueva era. La exposición anunciada para la víspera del lanzamiento del álbum, en noviembre, donde Lady Gaga colaborará con creadores tan prestigiosos como Marina Abramovic, Jeff Koons o Robert Wilson, parece refrendar esa vocación de proyectarse como artista madura.

Lo que no resuelve su pasado reciente es si la renovación va a ser algo más que estilística. La Lady Gaga de los últimos meses ha oscilado entre los pronunciamientos serios de una activista y los caprichos de una estrella pop. En octubre de 2012, cuando estaba promocionando su perfume en los almacenes londinenses Harrods, cruzó la acera paravisitar a Julian Assange, fundador de WikiLeaks, asilado político en la Embajada de Ecuador. En noviembre donó un millón de dólares a Nueva York tras el devastador huracán Sandy, y un mes después pagó 240.000 dólares en una subasta por la mítica chaqueta que llevaba Michael Jackson en el videoclip de Bad.

En enero de este año hizo algo que validaba su discurso de aceptación y tolerancia: añadió un autobús al convoy de su gira para que los fans pudieran acercarse a él antes de cada concierto y hablar de sus problemas de integración, objetivo del que se ocupa la fundación Born This Way, que creó junto a su madre en 2011. “Cada día veo gente que me cuenta cómo Lady Gaga le cambió o le salvó la vida”, cuenta Sue Swearer, profesora de Psicología en la Universidad de Nebraska y directora del equipo del autobús. “Llevo 15 años investigando el abuso y nunca había visto nada igual”.

Aquel fue su último gran titular antes de verse obligada a cancelar eltour por motivos de salud: su cadera se había rendido por el esfuerzo físico de actuar durante dos años y había desarrollado sinovitis. Ante la necesidad de moverse en silla de ruedas, encargó una de oro. “No es una silla especialmente cómoda”, recuerda Ken Borochov, el diseñador neoyorquino que la manufacturó. “La hicimos en el último minuto con piezas que mi ayudante fue recogiendo por todo el país. Luego la pintamos de oro de 24 quilates. Era un trono para una reina”.

Puede que fuera su último llamamiento al exceso. Después vendrían los meses de silencio (hasta su cuenta de Twitter está muda desde febrero) y las dudas de si el fenómeno acababa de morir. “Muchos han escrito que su carrera ha terminado. Eso es una estupidez”, añade Rettenmund. “Es joven, tiene talento, ambición, mucho dinero y sabe escribir música de oro”.

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