Llamada urgente a San Pedro

por La voz del pueblo
Hace más de cuatro años, casi cinco diría que no va mi amigo Leo al campo a comer un buen arroz. Así lo tenía planeado un viernes lluvioso cuando me comentaba;
—     ¿Qué dice el tiempo para este fin de semana?
—     Pues da lluvia. — Respondí.
Vaya, para una vez que voy a pasar el día en el campo después de tanto tiempo y la lluvia me lo va a impedir.
—     Mal asunto este amigo Leo. Ya sabes tú que no llueve a gusto de todo el mundo.
—     Ya, pero para una vez que después de tanto tiempo puedo…
Él continuaba la retahíla; “que si para una vez después de tanto tiempo”. Hasta que se me ocurrió una solución y le comenté;
—     Escúchame Leo, la solución pasa por una simple llamada.
—     ¿Cómo? — Se sorprendió.
—     Que digo, que va a llover todo el fin de semana, pero que estás a tiempo de evitar que el domingo no lo haga.
—     Qué tontería, ¿cómo voy a evitar que no llueva el domingo?— Ahora no se sorprendió, ya empezó a mosquearse.
—     Sí, siempre que avises con dos días de antelación.
—     ¿Dámaso, te estás riendo de mi?
—     Que no hombre, tu escúchame con atención. Toma mi teléfono móvil, busca en la agenda donde pone Pedrito y llámalo.
—     ¿Y qué le digo?
—     Que eres mi amigo y necesitas un pequeño favor sin importancia.
—     Te estás quedando conmigo, ¿pretendes que llame a un tal Pedrito amigo tuyo al cual yo no conozco y así pretendes que no llueva el domingo?
—     Así es Leo.
—     Mira Dámaso… ¡vete a la mierda!
Leo no quiso aceptar la propuesta y además se enfado un poquito, pensé que al menos se lo tomaría con algo de humor. Le invite a un cigarrillo y se puso en marcha mi radiante ironía embaucadora de los mejores cerebros.
—     Leo, ¿sabes que te digo?  Qué tú mismo. Yo el domingo lo voy a pasar en casa plácidamente y me sentaré junto a la ventana, viendo y oyendo como la lluvia golpea sobre los cristales de mi balcón y como las gotas de agua caen sobre mis flores. Me encantan esos días. Por lo que yo sí que voy a disfrutar de la lluvia el domingo y tú estarás maldiciendo al chaparrón que caerá.
—     Está bien, dame tu móvil. Así que Pedrito ¿no?
—     Si, Pedrito. Yo lo llamo así por la amistad que nos une.
Leo busca en la agenda de mi móvil.
—     Bien Leo, te dejo cinco minutos sólo y habla tranquilamente con él. No olvides decirle que eres mi amigo así tendrás más influencia sobre él y le dices que quieres hablar con respecto al tiempo del domingo.
—     De acuerdo yo se lo digo, pero no entiendo nada. ¡Qué vergüenza!
—     ¡Ah! Leo, una cosa antes que se me olvide. Cuando te conteste no le llames Pedrito, ni tampoco Don Pedro, no le gusta nada.
—     ¿Y cómo le llamo?
—     San Pedro, llámale San Pedro.
En ese instante vi en Leo una mirada asesina, algo que no me estaba gustando nada. Apartó el teléfono móvil de su oreja, levantó la mano señalándome con el solemnidad y comenzó una serie de insultos hacia mi persona.
—     ¡Que no Leo! ¡Que no! Que te estás equivocando. — Trataba de calmarlo.
—     ¡Maldito seas! Siempre estás con tus bromas.
—     Que no hombre. Dame el teléfono y ya verás. ¿Quieres que llame yo?
—     Toma, llama tú… ¡listo! Y aquí a mi lado que yo te oiga. — Leo estaba ya muy enfadado.
Busque en la agenda el número de Pedrito.
—     Mira Leo, lo ves (enseñando la agenda) que pone aquí, Pedrito ¿verdad? Ahora atento, le doy a la tecla de llamada…
—     ¡Pon el manos libres! — ¡Uf! Con qué furia me lo dijo.
—     Como tú quieras. ¿Escuchas ya da la llamada?; ¡Pedrito amigo mío! ¿Dónde estás que no te veo últimamente?… Tú como siempre en las alturas… Pues nada que te llamaba para decirte que aquí está lloviendo a cantaros… ¿Tú sabes si el domingo va a llover?
Leo estaba alucinando con la conversación. Aunque estaba puesto el manos libres el acercaba el oído y me miraba con cara de dibujo animado.
—     Sí he oído en las noticias que hay agua para todo el fin de semana. — Contesto a Pedrito. — ¿Sabes qué pasa?… que tengo un amigo aquí a mi lado que el domingo se quiere ir al campo a comerse un buen arroz y claro, el pobre lleva años que no lo hace y está preocupado… si, si por la lluvia evidentemente. Que digo yo, porque no cortas el grifo y así mi amigo puede ir al campo… si, si a comerse un arroz… ¿Cómo?… ¿que la llave de paso está estropeada? Pues arréglala hombre, arréglala, que tu puedes, que eres Pedrito, que por algo eres San Pedro.
—     Tío, ¿estás hablando con San Pedro? ¿En serio?— Pregunto Leo alucinado.
—     Tu mismo lo estas escuchando ¿no?… Pedrito que digo yo, que podías usar una llave inglesa… No quiero darte lecciones de fontanería… Pero es que está tan preocupado mi amigo por comerse el arroz en el campo… ¿Qué se te ha caído la llave inglesa?… ¿Desde tal alto? Pues como le haya caído a alguien en la cabeza ya verás. Vale, de acuerdo baja a por ella… ¿De verdad?…  ¿Qué no me preocupe?… Se queda arreglado todo hoy mismo… ¡Estupendo!… ¿Si vieras la cara de lirón que se le apuesto a mi amigo Leo cuando ha escuchado que vas a solucionar lo del grifo?… Sí, muy contento que se ha puesto. Venga Pedrito te dejo que sigas trabajando. ¡Ah! Recuerdos a tu jefe.
Cuelgo el teléfono y Leo se queda mirándome a los ojos totalmente babeando.
—     Tío, no me lo puedo creer, ¿pero cómo es posible? Has hablado con San Pedro para que corte el grifo y no llueva el domingo. ¡Y yo lo he oído todo!
—     Leo, escúchame. No sólo hay que tener amigos en la tierra, también hay que tenerlos en el cielo, en el infierno si es preciso. Anda, toma un cigarrillo y a seguir trabajando. Y vete tranquilo hombre que te comerás el arroz en el campo el domingo.
Leo se fue la mar de contento. Y convencido.
Lo volví a ver el lunes y le pregunté cómo le había ido el día en el campo.
—     ¡Genial! No llovió. Muchas gracias por todo. — Me dijo.
Efectivamente, ese domingo no llovió. Y creerme, hablé con Pedrito. ¡Con Pedrito! Mi amigo el fontanero que estaba haciendo unas conexiones de tuberías y grifos en lo más alto de una obra. De vez en cuando le llamamos en modo de broma San Pedro, por aquello de que tiene una barba blanca y bien cuidada.
Leo aún está sorprendido y no deja de agradecerme el favor. Confíe en la suerte, de acuerdo. Pero, ¿hay algo más bonito que hacer feliz a otra persona?
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