La boda de los idiotas

por La voz del pueblo
Hay que ver cómo va pasando el tiempo y que poco consideramos lo que ocurre a nuestro alrededor. Muchas veces nos paramos a pensar en nuestra pubertad como si hubiera sido ayer y otras veces no recordamos lo que hemos comió hoy. Sin embargo conseguimos plasmar los males ajenos.
Cuando Federico anunció el día de su enlace matrimonial, jamás pensé que esta fecha nupcial serviría para descubrir al amor de su vida. Y sin anestesia.
El párroco Don José Martín, lucía un enorme mostacho canoso con el que trataba disimular una cicatriz. Es el cepillo blanco más inmenso que jamás vi. Vestía con sotana negra y apoyaba sobre su nariz unas gafas cuyos cristales eran más gordos que mi dedo pulgar. No era muy alto y tenía muy poca masa muscular. Me dije a mi mismo, este cura ha tenido que ser producto de un mal polvo. Era un mediopolvo con toga, un poca chicha.

Federico que es un tío muy listo y muy fino, quiso que el mediopolvo diera la misa de su enlace. Yo sé por qué eligió a Don José Martín, para ahorrarse un dinerillo en flores. Federico será muy fino, pero es la mar de encogido.
Tubo en secreto su noviazgo y no consiguió que nadie conociéramos a su novia hasta el día de su boda. Sé que no es celoso porque siempre nos presento a sus rolletes. Sus motivos tendrán para ocultar ahora a su nuevo rollo, bueno eso no, a su novia.
Don José Martín, como ya he comentado, posee una ceguera descomunal y Federico se comprometió a aflorar toda la iglesia para la unión nupcial. Cuál fue mi sorpresa al entrar al templo sagrado, dicho adorno que estaba situado junto al altar, se componía de un ramo de claveles blancos a cada lado y el resto de la iglesia no tenía ni una sola planta aromática. Yo que era el padrino de la boda me preocupé, encontré un sentimiento irrisorio hacia mi amigo Federico. No conforme, me acerque a tan bellos claveles para experimentar si desprendían al menos algo de aroma. Efectivamente desprendían un olor bestialmente exagerado a claveles, lo cual me sorprendió.
Don José el mediopolvo caminaba sobre sus pasos muy lentamente hacia donde yo estaba, extendió su mano para saludarme y tan solo podía alcanzar mi vista la yema de sus dedos que asomaban por la manga de la sotana. Al extenderle yo mi mano, lentamente la introducía dentro de la manga de tela negra a la vez que el mediopolvo olfateaba tan intenso olor a claveles. Yo creo que desde ese mismo momento, desde la puerta de entrada ya se podía percatar uno de que apestaba sin necesidad de meter las narices en las flores.

Tras darme Don José algunas instrucciones, este giró sobre sus pies y caminó hacia la sacristía. Aún me encontraba solo, junto a un ramo de claveles, observe que Don José quedó contento con los adornos aflorados, lo que me dio que pensar, ¡claro! como este, el mediopolvo, esta cegato, pues pensó que el resto de la iglesia estaba acicalada por el exagerado olor que desprendía dos simples ramos de claveles.

No quedó impune mi curiosidad y me puse a investigar a tales claveles. Estaba temiéndome que Federico hiciera algunas de sus bromas, ¡increíble! me quedé estupefacto cuando descubrí que, entre los claveles había escondido un ambientador automático que desprende el aroma cada veinte segundos. Me temía algo parecido ya que a Federico no le gustan las flores y menos aún, comprarlas.
 Si no hay más sorpresas debe de estar a punto de entrar la novia, pensé.
Así fue, cuando todos estábamos colocados en nuestro sitio, dio comienzo la ceremonia. Por fin voy a conocer a la mujer que tanto ocultó Federico y que ahora debe camuflarse bajo un velo blanco. Sonó la marcha nupcial, a los pocos segundos miramos todos hacia tras al sentir el chirrido del portón eclesiástico. De pronto, surgió lo inesperado, no podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Cuatro hombres de negro con gafas oscuras y de la misma altura, marcaban el paso por igual y mecían sobre sus hombros a ritmo de la melodía conyugal, un féretro. Colocaron el sarcófago ¡a mi lado! delante del altar. Los hombres de negro se ubicaron muy bien formados detrás de Don José Martín, alias el mediopolvo.
Federico me miró, yo le miré, me encogí de hombros como diciendo ¡que cojones pasa aquí! Mi amigo se acerco aún más al féretro y coloco sus manos encima de tan brillante madera, dijo en voz alta dirigiéndose a mí, ¡te voy a dar la satisfacción, el gusto y el honor, para que abras tú este ataúd! Sentí por mi cuerpo un escalofrío, un acojone que no entendía nada, ¡pero si yo he venido a ser el padrino de una boda, que cojones pinta aquí una caja pintada de barniz!
Miré a Don José Martín el párroco, el mediopolvo, el poco chicha este que esta con la mirada fija al féretro y sin mediar palabra. Seguro que este pastor de ovejas descarriadas sabe algo. Me armé de valor y abrí el féretro con ayuda de Federico, el muy cabrón mantenía su rostro austero, apenas pestañeaba. Yo que soy poco creyente me sorprendí tanto al ver lo que había dentro que grite ¡Dios mío! ¿Pero esto qué es?
Federico giró sobre sus pies y se puso cara a los invitados a los cuales gritó, ¡hasta ahora he encubierto el rostro del amor de mi vida, ha sido para vosotros como si no existiera! ¡Ahora va a vivir entre nosotros! ¡Aquel que le haga daño o intente seducirla, ocupará su sitio! (señalo al féretro). ¡Eugenia!, ¡levántate de donde nunca debiste estar y casete conmigo!

¡El muy cabrón tenía a su novia dentro de un ataúd!

Jamás volví a ser el padrino de bodas de ningún otro amigo, es más, dejé incluso de entrar a las iglesias.

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